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viernes, 20 de abril de 2012

LOS SIETE PECADOS CAPITALES (2)




Mesa de los pecados capitales o
Tablero de los siete pecados capitales
y las cuatro postrimerías

Hieronymus Bosch (El Bosco)









LUJURIA 
La lascivia no entiende de razones.
          Cómo me quedé calvo. Arnon Grunberg





PEREZA
La pereza, la pereza siempre acaba imponiéndose. Tarde o temprano. No hay más ley que ésa.
          Quién fuera Dios. Tibor Fischer





GULA
A veces, para aprovechar demasiado se acaba alimentando más la gula que el apetito.
          La bicicleta estática ("Lo que no hemos comido"). Sergi Pàmies





IRA
No se podía volver atrás en el tiempo, ni detener la ira.
         Recuerdos de un callejón sin salida ("¡Mamáaa!"). Banana Yoshimoto





ENVIDIA
Ya que sólo los dioses conocen el destino de cada uno de nosotros, sería estúpido estar envidiando u odiando las fortunas ajenas.
          La gata, Shozo y sus dos mujeres. Junichir­­­­ō Tanizaki




AVARICIA
Había leído en la sección de Ciencia de La Repubblica el informe de unos experimentos realizados en enfermos de Alzheimer. Muchos de ellos perdían el uso del mecanismo cerebral que rige la sensación del hambre y de la saciedad, y comían una y otra vez, sin recordar que ya habían comido, a pesar de que no podían tener hambre. A veces pensaba que otro tanto les ocurría a las personas que sufren la enfermedad de la avaricia: el concepto de «suficiente» ha sido eliminado de su cerebro.
         Veneno de cristal. Donna Leon





SOBERBIA
La única pasión humana que no admite corrección, puesto que a nadie reconoce el soberbio autoridad moral para reprenderlo.
          Oxford 7. Pablo Tusset



domingo, 4 de septiembre de 2011

DEGRADACIÓN


Era la tristeza antes que la sordidez de estas boîtes lo que permanecía en la memoria. Los pasajes de Frankfurt abastecían a un mundo diferente. La gente que rondaba las kneipen* no se parecía a la gente que he visto en otras partes. Dejada ya muy atrás la primavera de sus vidas, jamás reían y muchos de ellos ni siquiera parecían humanos. Ni Hogarth, ni Rowlandson ni Daumier –ni siquiera Goya– trazaron jamás unas honduras de degradación, disolución y deseperación como las que destellaban en los ojos diminutos y bestiales de aquellos rostros abotargados, cubiertos de manchas e hinchados de cerveza. Los trabajos de estos artistas no muestran la combinación del cráneo calvo y abollado; el labio inferior caído y babeante; los pliegues de piel floja sobre el cuello alguna vez tirante; la doble papada descendente o suelta. El Bosco conocía a esa clase de hombres, a quienes los historiadores del arte de nuestro tiempo han descrito como grotescos monstruos de su imaginación, criaturas de pesadilla surgidas del folclore de la Edad Media. El temprano George Grosz los conocía aún mejor. Ningún artista muerto o vivo ha reproducido con tanta fidelidad a la hembra de esta especie subhumana: el ojo ausente, receloso, húmedo; la carne blanca y floja; los grandes senos ondulantes; esos brillantes surcos escarlata; los labios nunca cerrados y siempre ladeados; y por último, las manos y los dedos: esos cúmulos de manteca fría de los que cuelgan salchichas rosadas, permanentemente húmedas y casi sin uñas.
         El daño oculto. James Stern

*Tasca, tugurio.


 
William Hogarth
Thomas Rowlandson
Honoré Daumier
Francisco de Goya
El Bosco
George Grosz
George Grosz