Había un guionista de la Metro-Goldwyn-Mayer, Milton Gunzburg, que tenía un hermano oftalmólogo. Entre los dos, Milton y Julian inventaron el cine que ellos llamaron «visión natural». Nadie les prestó atención. Ni a ellos ni a su invento. Hasta que un productor y hombre de radio, Arch Oboler, se dio cuenta de las enormes posibilidades comerciales de aquella especie de proyecciones en las que el espectador podía tener la sensación de que se encontraba dentro de la historia y que se caía por los acantilados como los protagonistas o que los asesinos se abalanzaban sobre él. Él mismo produjo Bwana Devil, una película sobre unos hombres que eran devorados por leones. Aseguraban —sin que nadie lo hubiera contrastado nunca— que estaba basada en hechos reales. Se estrenó en 1952, el 26 de noviembre, en el Paramont Theatre de Hollywood, en Los Ángeles, y J. R. Eyerman sacó una fotografía que fue portada de la revista Life.
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martes, 12 de mayo de 2020
CRÉETELO...O NO (21)
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viernes, 12 de octubre de 2018
CRÉETELO... O NO (19)
Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
Hubo un tiempo en que los autores incluían al comienzo o al final de sus novelas lo que en la industria cinematográfica estadounidense se conocía como el All Persons Fictitious Disclaimer, un descargo de responsabilidad que subrayaba el carácter ficticio de los personajes y de la acción. Su origen se remonta a 1934, cuando la princesa Irina Alexandrovna de Rusia denunció a la Metro-Goldwyn-Mayer por las injurias vertidas contra ella en la película Rasputin and the Empress. La princesa se vio reflejada en el personaje de Natacha, interpuso una denuncia y la ganó. La Metro tuvo que pagar más de un millón de dólares de la época. Para evitar casos semejantes, las productoras empezaron a incluir la advertencia de que cualquier parecido de la película con la realidad era pura coincidencia, lo que suponía un reconocimiento del poder de la ficción. Al subrayar su carácter irreal, se estaba reconociendo la capacidad de la ficción, si no para modificar la realidad, sí su relato, que al final es lo que cuenta.
Los Cinco y yo. Antonio Orejudo
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